1995 - 1997. Les sacrements I y II

Una interpretación (una remasterización si se prefiere) desde el consolidado final de la Pintura, en clave conceptual, de las dos series de sacramentos de las cuales toma su nombre, que Nicolas Poussin (1594 – 1665) pintara en los años 1638? – 1642 y 1644 – 1648. Se trata de establecer un improbable paralelismo entre la discusión de ideas artísticas en la Roma de la primera mitad del siglo XVII y los años finales del siglo XX. Los clasicistas, de cuya rama más ortodoxa Poussin era un muy cualificado postulante, trataban de contrahegemonizar los discursos de manieristas, naturalistas y barrocos; en la entrada abierta al siglo XXI, los tardos, neos, post y otros neologismos de la Modernidad, sucumben al mercado como poder omnímodo. Clasicismo y Modernidad en el ocaso de periodos históricos muertos o en tránsito, años de certidumbres escasas en las prácticas del arte, de miradas atrás.

Siguiendo a Anthony Blunt, quien con toda probabilidad mejor ha estudiado y entendido a Poussin, éste era un excelso teórico/pintor que sustentaba ideas artísticas más allá de la labores manuales al uso, en las cuales era un recurrente maestro, capaz de explicar el qué y cómo de todas y cada una de las partes de todas y cada una de sus obras, concediendo una importancia primordial a la idea original y clarificatoria de la obra y al dibujo subsiguiente, otorgándole a la pintura un papel secundario y pesado, un amanuense y aburrido ejercicio de llenar de colores lo trabajosamente pensado y dibujado. Su método, pautas y modos de trabajo se asentaban en un profundo conocimiento de los temas a tratar y la realidad que lo rodeaba, articulando unos estrictos programas de complejidad creativa que se materializaba a través de un vocabulario pictórico de mínimos. Según su coetáneo J.von Sanarart “Gozaba en general de buena conversación, llevaba siempre consigo un cuadernillo donde tomaba notas o realizaba esbozos; cuando emprendía una idea, estudiaba cuidadosamente el texto relativo al tema, reflexionando sobre ello, y luego hacía unos esbozos de sus composiciones, y cuando se trataba de una “historia” más compleja, hacía una escena en planchas, dividida en recuadros, sobre los que disponía figuritas de cera que realizaba para tal fin, figuras desnudas, colocadas según la acción de la “historia” y concebidas en su espíritu, y las vestía con papel mojado o con tafetán muy fino, para las ropas, según hiciera falta, y equipaba luego el conjunto con hilos tensados de tal manera que cada figura encontrara su sitio correcto en relación con el horizonte. Y seguía la escena para pintar con colores su primer esbozo sobre el lienzo”.
Cuando Poussin pinta la primera y segunda serie de los sacramentos, es un artista plenamente maduro que practica el estoicismo y mantiene una distancia consciente y eficaz respecto a la historia a relatar objeto de los encargos a pesar de lo cual trataba de conocerlas en profundidad. Si en su primera serie priman la naturalidad y la expresión clara en la segunda sobresalen la frialdad, exactitud y rotundidad geométrica.
Con la distancia en todos los órdenes, en estos Sacramentos finiseculares, laicos y descreídos, se ha seguido paso a paso los métodos de creación y trabajo poussinianos. En la primera serie, a modo de imagen especular de Les sacrements dal Pozzo, se ha partido de los conceptos de tiempo político, movilidad y espacio urbano; la decepción producida por la voluntaria abstención en unas elecciones municipales da paso y se canaliza en la anotación del número de licencia de cada taxi que adelanta a mi vehículo en los trayectos de la almendra de Madrid en el otoño de 1995. Se han extraído conclusiones algebraicas, se ha insistido en el número siete, se ha anotado, abocetado, dibujado y pintado los siete sacramentos con técnicas y materiales de la tradición clasicista, “trampas” pictóricas incluidas. La pénitence de la serie original de Poussin desapareció en el incendio del Belvoir Castle en 1816, se conserva una copia de la misma; La pénitence original de esta serie fue quemada en un descampado entre Madrid y Salamanca, ejecutándose a posteriori una copia.
Cada sacramento no es lo que parece y trata de sugerir su pretensión de no ser nada.

La segunda serie se refiere al estoicismo, a la vida de mínimos, autónoma o impuesta, y su conflictiva relación con los mitos celebratorios de la cultura del ocio y el espectáculo. Para ello, mirando de nuevo a Les sacrements Chatelou se ha optado por un tema absolutamente ajeno y alejado de los intereses del autor, el Tour de Francia. Durante 22 días se siguió la carrera ciclista de 1996, fijando su atención en los primeros siete clasificados en la primera etapa, otorgando a cada uno de ellos una numeración de día, lugar, tiempo y espacio en cada una de las 22 etapas y su correspondencia con las siete obras, producto de operaciones de cálculos numéricos basados en el número 11. En cada una de las series se han utilizado medidas de acontecimientos, longitudes y superficies expresadas en números primos, respetando los formatos originales de las series de Poussin.
Si los Sacramentos de Poussin son el reflejo de una época conflictiva y un discurso, el tardoclasicista, en sus últimos momentos, estos Sacramentos ni pretenden reflejar nada ni tan siquiera ser mostrados; como ocurriera en las obras militantes de mediados de los años setenta, basta con que sucedan. Y puedan suceder cuando el discurso de la “triple muerte de la Pintura” está en hibernación.