1990 - 2015. La Clase Obrera nunca fue al paraíso (3)

En 1989, tras la caída del Muro de Berlín, entre la perplejidad, la esperanza, la zozobra y una cierta actitud escéptica cuando no abiertamente incrédula, me propuse iniciar una serie de trabajos que tuvieran como punto de partida lo que no se quería o no nos dejaban ver sobre el final de la guerra fría y los bloques geoestratégicos antagonistas. Como cualquiera de los que estuviera al día de los estudios críticos del marxismo heterodoxo, sabía o intuía que los regímenes del Este europeo tenían sus días contados; la experiencia comunista había fracasado, algo claro desde los años sesenta, y el nuevo orden mundial se conformaba de manera unipolar con mensajes sencillos que ocultaban todo aquello que merecía la pena sacar a la luz. La pregunta menos acomodaticia y más sustancial debería ser ¿cuál es el sujeto político del derrumbe socialista/ comunista y a dónde ha ido a parar? La respuesta, escueta: la Clase Obrera. La clase obrera, el Proletariado, el gran sujeto político de toda la historia, aquel que iba a liberarse a sí mismo y, de pasada, a toda la humanidad, había fracasado, se había derrumbado. Y desde eses fracaso se podían entender, o al menos conocer, algunos de los avatares del siglo XX.
Uno de los primeros trabajos englobados en el epígrafe y titulo de la serie se basaba en la coincidencia en el tiempo entre el declive de las organizaciones y partidos obreros y uno de los más notables finales de la pintura, aquel que potenciaba y protagonizaba Ad Reindhart con sus pinturas negras. El último final de la pintura (largamente larvado desde mediados del siglo XIX) en los pasados años sesenta y el final del proletariado en las mismas fechas, coinciden en la crisis de dos modelos de representación: de una parte la representación de la historia y la realidad y de otra la representación social y política. Lucha de imágenes y lucha de clases, los motores del arte y la historia. Esas dos crisis se entrecruzaran en 1968, aquel momento acontecimental a partir del cual las cosas, en el mundo amplio de la cultura entendida en términos antropológicos, no volvieron a ser las mismas. En lo que aquí nos ocupa, ese entrecruzamiento, esa intersección si se prefiere, ha continuado viajando y desarrollándose hasta nuestros días: tanto la práctica pictórica como la clase obrera, están casi desaparecidas, ausentes, disipadas, mutadas… están sin ser o son sin estar.
Y se trataba de trabajar en ese entorno. Un entorno que era presentado como una Arcadia feliz de futuro. Sin embargo, todo o casi todo lo relativo al porqué de tan exitosa ruptura, era ocultado o permanecía oculto, se había convertido en un asunto de especialistas.
Pensaba y le daba vueltas a la cabeza con el interés puesto en trabajar precisamente con la ocultación como fin y medio, construir metáforas y paradojas con los materiales de la pintura y la clase trabajadora como entidades ocultas en el tiempo de después. Desaparición, ocultación y olvido.
En el terreno de lo simbólico la hoz y el martillo habían marcado una época y a finales de los años ochenta representaban un constructo ideológico y político en fase de tránsito de los regímenes del este europeos; las primeras acciones de los movimientos de liberación hacia el advenimiento de democracias liberales fueron precisamente actos violentos dirigidos a la estatuaria y los símbolos comunistas. Y ese podía ser un buen punto de partida, el de llegada podría ser ¿Qué pasará dentro de 25 años?
En 1990, sobre nueve papeles poliéster de heliograbado se posó una plantilla con la hoz y el martillo, la primera de ellas se rellenó con merbromina, las ocho siguientes con disolución de amoniaco. Se apilaron y se dispusieron en el doble envoltorio de origen, se precintaron y se guardaron en archivo. En 2015 se sacaron a la luz y se montaron sobre papel. El resultado, una deformación, una nebulosa, un recuerdo que acusa el paso del tiempo.

Heliograbado montado sobre papel
9 unidades de 29 x 40 cts.


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